martes, 11 de septiembre de 2012

Reflexión sobre la resignación y el anhelo de un humano como yo


Algunos días necesito una taza de café, o una buena ostia en la cara. Lo peor de esos días es la sensación de consciencia de todo y la poca voluntad para no hacer nada. Sabes que hay cosas que cambiar, que hacer. Que aunque has puesto los tics verdes en algunos ítems de la lista, aun hay otros pendientes. Y esa lista, esos regalos de navidad que nos pre-auto-hacemos el uno de enero, siguen existiendo en la dimensión de la tinta y el papel, perpetuos y estáticos, al menos para alguien como nosotros. Existen también en nuestra imaginación, en nuestros sueños y anhelos. En parte, ese también es el regalo: unos segundos de abstracción diarios donde nos vemos realizados, sin esfuerzo, y que son la morfina que entra dulce por la guía. Ese licor que huele tan dulce, pero que al pegar un trago de realidad nos sabe tan amargo.

            En cierto modo, estamos acostumbrados a que nos hierva la garganta, a tener sed, a ver las películas como sujetos pasivos y no como actores, a disfrutar con un cómodo almuerzo de microondas. Es por ello que en cierto modo, nos resignamos.

            La resignación es ese licor dulce y amargo. Es tan placentero ver la vida pasar, y al mismo tiempo, ya nos duele la espalda de estar en la misma posición tanto tiempo. Es tan agradable bajar de un barco después de un mar picado, y es poner los pies en la tierra, y darte cuenta de que el océano es para los peces, no para ti. Bueno, en cierto modo somos humanos, incompletos por definición. El anhelo es aquello que hace que nuestras vidas cobren una forma y un sentido, que nos hace querer algo que no tenemos. Y el anhelo, nos pega pellizcos de manera constante tal y como funciona el segundero de un reloj: sigue dándonos toques monótonamente, aun cuando estamos en letargo, aun cuando dormimos. Su ritmo únicamente se ve interrumpido del mismo modo que lo hace la pila con la que funcionamos, porque no es verdad que una vez que conseguimos algo nos conformamos; una décima de segundo después, ya estamos asomando el cuello por la ventana para ver que más podemos alcanzar con nuestra vista.

            Me duele estar ahora en el linde de esa ventana. La parte dulce: me enorgullece saber que hay tantas cosas arriba de mi cogote, en el desván, donde todos esos logros apilados me esperan para visitarlos cuando quiera, contemplarlos, recordarlos y aun, poder disfrutarlos. También es agradable resignarse un rato, y mirar desde aquí todas esas cuentas pendientes de ahí abajo, que corretean entre los álamos esperando a que yo salte desde aquí y los atrape. Están tan cerca, tan en el frente, a solo una reacción del sistema nervioso. Ahora está en letargo viviendo la parte dulce y amarga de la resignación y el anhelo, esperando ese café o esa ostia para volverme una loca con ganas de seguir hacia delante. Cuando llegue ese momento saltaré al vacío sin preocuparme por el dolor de la caída.

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